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Con aroma a pipa

  Con aroma a pipa Allí estaba otra vez aquel característico olor a tabaco de pipa, era la cuarta o quinta vez que al entrar a buscar el café experimentaba aquella sensación tan marcada. Al principio solo lo percibía en la cafetería, luego al entrar en casa, en su propio coche, duraba unos segundos que eran suficientes para saber que aquel olor era de alguien que estaba fumando en pipa. Esa mañana mientras esperaba que le preparasen el café, el aroma se volvió mucho más intenso, miró a todos los lados, nadie fumaba. —¿Perdona?, ¿hay alguien fumando en pipa? —No, no se puede fumar dentro, ¿Por qué? —Me vino un olor a tabaco de pipa, ¿tú no lo notaste? —Pues no. ¿El café? ¿va a ser como siempre? —Si, por favor. Dio una vuelta por el local, no era muy grande, habría unas quince mesas, algunas ocupadas y otras vacías, se acercó hasta los lavabos, el olor seguía ahí, sin embargo, no sabía de donde procedía. Se sentó en un banco del parque, ahora el único aroma que recibía er

Los tres de Oriente

Los tres de Oriente


En mitad del camino en una posada los tres se encontraron, sabían a donde iban y quien era cada uno de ellos, se sentaron juntos hablando de su viaje, comentaron las anécdotas del camino, y los tres, estaban de acuerdo que viajaban en la dirección correcta, pues una gran estrella brillaba en el cielo y les guiaba hasta donde había nacido aquel niño, que en algún momento destacaría por su bondad, por su carisma, por su singularidad.

Aquel niño nacía sin nada, acompañado de sus padres, de algunos animales, de varios pastores. Su nacimiento había desatado un sinfín de contrariedades, de malos augurios para algunos y de esperanza para otros.

Los tres vestían ropas voluminosas, llamativas, coloridas, habían comentado que regalos le llevaban al niño, uno llevaba oro, otro mirra y el tercero incienso.

La mirra la llevaba en una bolsa de cuero, tan pronto la sacó el olor comenzó a inundar aquella posada, él mismo la había sacado de un árbol centenario que había localizado en Arabia.
El incienso, también tenía un olor característico cuando se quemaba, purificaba el aire, lo traía desde la India.
El oro, lo llevaba como ofrenda desde Persia, se lo quería regalar a aquel niño que no tenía nada.

En aquella posada les regalaron tres camellos, para que el resto del trayecto les fuese más fácil, el terreno era angosto y precisaban de un animal que estuviese dotado de la capacidad de viajar, tanto por arena, como por tierra o piedra.

Tras llegar a Belén no les fue difícil encontrar el pesebre donde había nacido el elegido, al que bautizaron como Jesús, les ofrecieron sus regalos y cuando le miraron, supieron que, durante el resto de años se hablaría de él, que mientras la tierra fuese tierra, y la humanidad continuase existiendo, jamás, nadie olvidaría aquel nacimiento, nadie olvidaría a aquel niño, que una vez hombre, predicaría la palabra de Dios, unos lo tacharían de loco y otros de profeta.

Moriría joven para vivir en los corazones de aquellos que le siguieron y que aún le siguen.


Los tres de Oriente

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