Los tres de Oriente


En mitad del camino y en una posada, los tres se encontraron, sabían a donde iban y quien era cada uno de ellos, se sentaron juntos y hablaron de su viaje, comentaron las anécdotas del camino, y los tres, estaban de acuerdo que viajaban en la dirección correcta, pues una gran estrella brillaba en el cielo, y les guiaba hasta donde había nacido aquel niño, que en algún momento destacaría por su bondad, por su carisma, por su singularidad.

Aquel niño, nacía sin nada, acompañado de sus padres, de algunos animales, de varios pastores. Su nacimiento, había desatado un sinfín de contrariedades, de malos augurios para algunos y de esperanza para otros.

Los tres vestían ropas voluminosas, llamativas, coloridas, habían comentado que regalos le llevaban al niño, uno llevaba, oro, otro mirra y otro incienso.
La mirra, la llevaba en una bolsa de cuero, tan pronto la sacó, el olor comenzó a inundar aquella posada, él mismo, la había sacado de un árbol centenario que había localizado en Arabia.
El incienso, también tenía un olor característico cuando se quemaba, y, purificaba el aire, lo traía desde la India.
El oro, lo llevaba como ofrenda desde Persia, se lo quería regalar a aquel niño que no tenía nada.

En aquella posada, les regalaron tres camellos, para que el resto del trayecto les fuese más fácil, el terreno era angosto y precisaban de un animal, que estuviese dotado de la capacidad de viajar, tanto por arena, como por tierra o piedra.

Tras llegar a Belén, no les fue difícil encontrar el pesebre donde había nacido aquel niño, al que habían llamado Jesús, les ofrecieron sus regalos y cuando le miraron, supieron, que, durante el resto de años, se hablaría de él, que mientras la tierra fuese tierra, y la humanidad continuase existiendo, jamás, nadie olvidaría aquel nacimiento, nadie olvidaría a aquel niño, que una vez hombre, predicaría la palabra de Dios, unos lo tacharían de loco y otros de profeta.
Moriría joven para vivir en los corazones de aquellos que le siguieron y que aún le siguen.


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