El espantapájaros

 

El espantapájaros

En medio del campo observaba en una sola dirección el ir y venir de aquellos trabajadores que con sus aperos de labor preparaban la tierra que en unas semanas comenzaría a germinar con el fruto que daría de comer a varias familias. Lo miraban con orgullo, pues él sería el encargado de que la tierra estuviese protegida y lista para cumplir su objetivo.

Todas las esperanzas estaban puestas en su imponente presencia, lo sabía por las miradas, por la forma en que lo arropaban, la manera de cuidarlo y vigilar que no abandonase el centro del campo.

Era majestuoso, se podía divisar su porte desde cualquier punto, las gentes de paso se paraban a mirarlo desde el borde de la carretera, llamaba la atención cuando la brisa de aire cálido movía sus brazos de un lado a otro. Durante meses permanecía atento a su trabajo alejando de las semillas plantadas a todas aquellas aves que buscaban alimento. 

Los niños corrían a su alrededor mientras los adultos apuraban la siembra antes que llegasen las lluvias del crudo invierno, rezando para que el campo les dejase un abundante presente y poder llenar sus despensas. 

Era un trabajo que ya le aburría, le gustaría poder correr, saltar. Cansado de su inmovilidad, de hacer siempre lo mismo, deseaba acariciar aquellos pájaros que se posaban con temor sobre su sombrero, visitar las lejanas montañas, chapotear en el río que durante esa época bajaba falto de agua, remover en la cálida tierra y sobre todo espantar a los perros que sin pudor orinaban a su lado. 

Quería ser uno más de aquellos hombres fuertes que movían la tierra mientras sus mujeres les seguían dejando la semilla. Quería sentarse a la mesa de alguno de ellos y compartir las historias de unas vidas vividas, resolver los problemas que iban surgiendo a lo largo de los años, disfrutar de los nacimientos y de los amores que siempre llegaban en primavera.

Ya no quería ser un espantapájaros, estaba agotado, soñaba con poder llorar, reír, bailar, cantar, amar y ser amado, lo extenuante de su inmovilidad le producía una angustia y una tristeza que se apoderaba de cada hebra de paja que rellenaba su traje, un atuendo que cada día le pesaba y le estorbaba por no poder disfrutar de la libertad y del movimiento que todo ser deseaba.

Algún día levantaría uno de sus brazos y ese día dejaría de ser un traje forrado de paja. 


Espantapájaros


Comentarios

  1. Cerca de mi casa en una de las fincas cercanas pusieron uno que la verdad llama la atención pues parece un gigante, espero que no levante un brazo para dejar de ser espantapájaros y comience a caminar por la carretera. Besos amiga.

    ResponderEliminar
  2. Un espantapájaros que pasa a lo animado sería un espanta-humanos, y probablemente, mejor que el propio humano.

    ResponderEliminar
  3. Uy genial relato, los espantapájaros no me gustan. Te mando un beso

    ResponderEliminar
  4. Cómo le gusta este mundo de ilusión y fantasía. Bueno, es para mí el imaginar que un ser inanimado tiene sentimientos. Muchas veces me pongo a imaginar lo que dirían si pudieran hablar.

    Y... Pienso también en la cantidad de seres que en la vida por diferentes circunstancias, pueden sentirse así.
    Buenísimo Mar! Abrazo y beso amiga.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Muchas gracias por haber leído el post y por dejar tu comentario, tu opinión es muy importante.

De acuerdo con la nueva Ley sobre Protección de Datos, RGPD, os informo a todos los que quieran comentar en el blog que se autoriza a que aparezca publicado el comentario con los datos que se aportan al escribirlo.