El ojo del mal

El ojo del mal


 El ojo del mal


Desde el momento en que había nacido existía una maldición que lo acompañaba y una fuerza maligna que lo hipnotizaba. La madre que lo parió era de esas personas sin alma, sin corazón, personas vacías que vagaban por la vida con la única intención de sobrevivir aprovechándose de indefensos, haciendo más mal que bien, ese tipo de personas que cuando desaparecen nadie las echa en falta, al contrario, parece que el aire es más puro. 

Llegó al mundo en brazos de una mujer déspota que nunca lo quiso, desde muy pequeño le enseñó el arte de engañar, robar, y matar cuando fuera necesario. Aún no tenía los catorce años cuando entró en el correccional y luego a la cárcel, sembrando el terror por todos los lugares que pasaba.

En prisión perdió un ojo tras una pelea en la que su contrincante perdió la vida. Nunca quiso llevar tapado aquello que le faltaba, quería dar pavor a todo el que le mirase, junto a su cama en un tarro de plástico guardaba aquel ojo que parecía que todo lo veía, ni los guardias se atrevía a tocarlo. 

Antes de dormir lo miraba maquinando lo que haría al día siguiente, sabía que nunca saldría de allí, ahora era su hogar, consideraba que todo lo que allí dentro había le pertenecía, disfrutaba causando terror, maltratando a los nuevos internos, doblegando a los más fuertes, no temía a nada ni a nadie, la única cosa pendiente en la que pensaba todas las noches mientras miraba esa parte que le faltaba, era la de acabar con su madre, ya no podría hacerlo, maldecía a la muerte por habérsela llevado sin castigo, sabía que el alcohol la había consumido, le daba mucho coraje que se hubiese muerto sin sufrir, él, era así por culpa de ella, nunca lo había abrazado, ni acariciado o simplemente dedicarle una mirada cariñosa, se consideraba la semilla del mal, quería que todo el mundo sufriese tanto como él, que nadie disfrutase de paz y mucho menos de amor, pues esa palabra le producía nauseas, disfrutaría de su maldad hasta que encontrase a alguien que hubiese sufrido más, si eso era posible. 

El ojo que le quedaba sano se había convertido en la perversidad pura y dura.




Comentarios

  1. Por eso los tuertos me dan mal rollo.

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  2. ¡Hola!
    ¡Madre mía! Pero que ser más inquietante.
    La verdad es que con ses currículum, al principio me he compadecido de él, pero es que después de leer que disfruta haciendo el mal, lo de compadecerle más bien poco.
    Por cierto, menudo cambio le has dado al blog ^_^ ¡Me encanta la nueva imagen!
    Besotes

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  3. Realidades que no podemos olvidar porque sencillamente están allí. Juzgar no nos corresponde. Solamente vivir este relato, que al comenzar uno nunca sabe en qué va a acabar.

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