Cupido

Cupido, tuvo la culpa, aquel día podía ser uno más, con sus horas, con su rutina, con el pasar del tiempo. Al abrir la puerta me invadía un escalofrío por todo el cuerpo, había sido un día distinto, maravilloso, especial, alegre, divertido, me sentía dichosa tras arrastrar tanta tristeza, soledad, tanto aislamiento, falta de contacto, de ternura, de risa.
Aquellos ojos vivos, me abrazaron, estaban llenos de luz, me parecieron los más hermosos del mundo, su resplandor, me hizo creer que existía la ilusión, la esperanza, y me demostraron sin palabras que el amor existía.

Todo comenzó cuando de regreso a casa, apurada como siempre, sin saber el motivo, pues todo era rutinario, la prisa era ficticia, nadie me esperaba, nada tenía que hacer que fuese tan importante como para ese apuro que me obligaba a ser como los demás, no tenía que llegar a ninguna parte, sin embargo, el resto del mundo parecía que siempre llegaba tarde, y esa actitud me arrastraba, parecía contagiosa o rutinaria.

La gente apuraba de un lado a otro buscando llegar a su destino, mi mente inmersa en no sé qué, no miraba a nadie, simplemente continuaba caminando, y mis pies sabían perfectamente hacía donde tenían que ir.
En menos de unos segundos estaba tirada en el suelo, algo se había interpuesto en mi camino, de pronto, una voz suave, un aroma embriagador, unas manos fuertes y tiernas me tocaron la mejilla, una voz dulce se disculpó, levanté la vista y aquellos ojos penetraron en mí ser como fuego, aquellos ojos vivos, preocupados, me parecieron los más bonitos del mundo. Toda la tristeza y soledad, adquirida a lo largo de los años, se había convertido en una esperanza, aquella mirada, me recordó, que todavía existía la fantasía del amor.

No fue más que eso, una ilusión momentánea, que terminó, y todo volvió a la normalidad, yo seguí mi camino y él siguió el suyo.


A veces la vida pone en tu camino personas que nunca más volverás a ver, si bien ese momento, te acompañará durante toda tu vida.

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